Si alguien piensa que el pilotaje de regularidad es fácil, que “total, solo hay que ir despacito y seguir el camino”, es evidente que no lo ha probado. Lo más probable es que, a los cinco minutos, acabe con dolor de cabeza, sudando más que en un gimnasio y jurando en arameo. Porque lo que parece sencillo desde fuera —mantener una velocidad media constante y no perderte— es, en realidad, un exigente ejercicio de concentración, quizás de los más duros que hay en el automovilismo.
Hay un inmisericorde juez allá arriba, en el cielo, en formato satélite que te va bombardeando de forma permanente mientras pilotas dentro de un tramo. La organización ha determinado una velocidad exacta a la que tienes que ir, de forma que hay un avatar o posición ideal virtual y tú debes ir exactamente en esa posición. La velocidad cambia cada cierto tiempo en función de la orografía y lo que la organización estima oportuno. Y, además, de vez en cuando tu copiloto te hace un ajuste de distancia y te saca de tu posición. Si vas un metro adelantado, penalizas. Si vas un metro retrasado, penalizas. Si pierdes la posición de tu avatar por el motivo que sea, estás fuera de juego y te caen tantos puntos en contra que de poco sirve lo que quieras hacer para enderezar el tramo. No puedes mirar el paisaje. Tienes que mantener una concentración total mientras dura el tramo, que puede ser de diez kilómetros o de más de treinta. La organización asegura que en cada gran obstáculo y un centenar de metros a continuación nunca dispara el dichoso satélite para saber si estas en la posición o no. Que no estarás, es imposible. Por seguridad, y para dar tiempo a recuperarse de la maniobra. Que al frente de la organización esté el experto copiloto Alex Romaní, y que el recorrido sea obra del gran Jose Mª Serviá y de Fina Román es una total garantía. Pero que nadie me diga que el pilotaje de regularidad es fácil porque se va despacito. Se corre y mucho.
Más difícil que un Fórmula 1 (en cierto sentido)
Un piloto de Fórmula 1 va solo, centrado en la trazada perfecta y con un equipo entero detrás controlando cada variable. En la regularidad no hay telemetría ni ingenieros con auriculares; lo único que tienes es un copiloto que canta rumbos, ¡cap 85, pasamos a cap 135! y una velocidad media a seguir, que es variable, todo son números, y un aparato llamado Blunik que te recuerda a cada segundo que estás más 3, menos 5, más 12 metros… Vamos, que tu cerebro funciona como un Excel en tiempo real y acabas cada tramo medio chalado intentado ir con el más y menos 0 de forma permanente. Mientras, en la F1 cada décima se gana con aerodinámica, potencia y maestría, en la regularidad cada segundo lo marcas con el pie derecho, o el freno con el pie izquierdo o el derecho, a tu gusto, pero con una coordinación quirúrgica con tu copiloto. Y recuerda, si miras el paisaje un instante, ya vas tarde. Mientras que Alonso o Sainz tienen tiempo hasta de ver la carrera en las pantallas gigantescas. ¿De verdad les da tiempo? ¡Que les pongan un Blunik!
La escuela del Dakar
La regularidad en el desierto, en el RallyClassics África es como un máster acelerado para cualquiera que sueñe con el Dakar Classic. Mantener 47 km/h exactos sobre un asfalto pulido puede tener su gracia; pero hacerlo en Marruecos, con piedras, baches, arena y oueds… la conducción se convierte en una montaña rusa de acelerones, frenazos y correcciones milimétricas. Toni Rius, el experto piloto que gobierna el SEAT Toledo Marathon, nos explicaba que para él todo es más fácil porque el Toledo, aunque tenga 33 años de historia, sigue siendo un coche muy competitivo y en el desierto, lo que para un SEAT Ateca es un obstáculo que requiere de maniobras o la necesidad de tomar un desvío de la ruta, para el Toledo es un pequeño bache que la suspensión se traga como si nada. Él solo necesita aminorar la velocidad, pero rara vez cambia la trayectoria y luego recupera la velocidad sin problema. Hay mucha potencia en el motor del SEAT Toledo. Por eso mismo su copiloto, Carles Jimenez, uno de los mejores en la profesión, maestro de copilotos, nos felicitaba por conseguir varios ceros en algunos tramos, y más aún por ganarles a ellos, de forma oficiosa (habíamos penalizado en la salida para viajar en las dunas junto al resto del equipo), en la última etapa. Por suerte, cuando llegan las dunas, desaparece la regularidad y todo se convierte en orientación pura. Ahí el piloto disfruta surfeando por las dunas buscando los pasos más fáciles y evitando los imposibles, mientras la responsabilidad total recae en el copiloto, que debe encontrar los waypoints escondidos como si fuera un videojuego de supervivencia. Y cuando te quedas atascado —porque siempre te quedas al menos una vez—, empieza la verdadera aventura.
Copiloto: la mitad de tu cerebro
En este tipo de carreras el copiloto no es un acompañante, es más del 50% del piloto. Sin sincronización, no hay resultados. Da igual que lleves un SEAT Ateca TDI preparado o una bestia como el SEAT Toledo Marathon, si el que va a tu lado no te canta el rumbo correcto o no ajustáis juntos el ritmo, estás perdido. Literalmente. Tuve la suerte de compartir coche con Carles Sasplugas, un joven ingeniero con una rapidez mental brutal. Me recordaba a Miguel Prieto cuando decía que olfateaba el rumbo en los dakares africanos en los que había que orientarse con roadbook de papel y brújula. No se perdió nunca y aun tenía tiempo de ir avisándome de lo que debía hacer, la velocidad media que debía mantener en cada momento, lo que llegaba por delante, los ajustes de distancia y siempre con una inmensa sonrisa y sin un mal gesto o un segundo de duda. En la primera etapa juntos, una hora después de conocernos, ya habíamos conseguido “hacer un cero” (el resultado perfecto, sin penalización), y en la segunda etapa fuimos los mejores de toda la carrera (hay muchos veteranos del Dakar Classic en liza), y eso no es fácil que ocurra, y todo el mérito es del copiloto.
He probado casi todas las disciplinas de motor, y pocas exigen tanto esfuerzo mental como esta. No hay nada tan satisfactorio como clavar un tramo, ver ese “+0 / -0” en la pantalla y sentir que, por unos minutos, has sido más máquina que humano. Y lo mejor es que en regularidad nunca compites solo, siempre lo haces en equipo. Quizá no sea tan espectacular como un Fórmula 1, ni tan mediático como un gran raid, pero si lo pruebas, te enganchas. El automovilismo también puede ser una disciplina de precisión matemática, donde el éxito se mide por la sincronía con tu copiloto.

