Bajo la carpa del equipo Past-Racing, durante el Rally Histórico de Asturias: Carlos Sainz Tribute, se respiraba un ambiente de camaradería y nostalgia que solo vemos en los grandes reencuentros. En los corazones de todos los presentes latían los ecos de cuatro décadas de rallyes mientras Carlos Sainz y Luis Moya compartían confidencias antes de afrontar una cita histórica: subirse por primera vez juntos al Ford Puma Rally1 híbrido.
Para ambos, no se trataba únicamente de desempolvar los cuadernos de notas. Ni siquiera de celebrar la impresionante carrera de Carlos Sainz. Como amantes de la competición, han visto la prueba asturiana como la oportunidad perfecta de saldar una cuenta pendiente con la tecnología moderna antes del cambio de reglamento.
«Conducir un Rally1 de esta generación era algo que estaba convencido de que no iba a llegar; la reglamentación se acaba y la única opción era este rally. Gracias a Ford y a Red Bull pusimos la opción sobre la mesa, la cogimos al vuelo y ha sido muy especial. Es una auténtica máquina de competición y pasará tiempo antes de que otros coches igualen sus registros», reconocía Carlos, asombrado por la carga aerodinámica y la aceleración del coche.
A su derecha, la emoción de Luis Moya desbordaba cualquier protocolo: «En medio del tramo me emocioné en el coche. Me venían recuerdos de cuando corríamos juntos, de cantar las notas, de estar con él. Ha sido una experiencia extraordinaria». Una emotividad que el copiloto gallego salpicaba enseguida con su célebre humor ante la velocidad del Puma: «Voy a tener que doparme la lengua para cantar las notas un poco más deprisa».
Pioneros del asfalto
Preguntados por la clave de una compenetración que permanece intacta 24 años después de su última etapa en Ford con el Ford Focus WRC oficial, ambos miraron hacia los cimientos de su carrera. Mucho antes de que el automovilismo descubriera la preparación física sistemática, Sainz y Moya ya marcaban el camino.
«Nosotros fuimos los primeros en hacer preparación física en el Mundial de Rallyes», recordaba Luis Moya. «No dejábamos nada al azar. En Grecia, tras entrenar con un coche de correr duro y con un calor infernal, llegábamos al hotel, nos poníamos unas zapatillas y nos íbamos a correr».
Ese compromiso forjó una filosofía que el copiloto coruñés resume con una distinción tajante: «Hay una palabra que no me gusta escuchar en el deporte: fracaso. El fracaso solo llega cuando dejas de esforzarte, y con Carlos eso era imposible. Hay una diferencia muy grande entre perder y que te ganen. Si haces los deberes y lo das todo, ese día te ganan, pero no pierdes».
Carlos completaba la radiografía de su éxito apuntando a un espacio donde no caben los egos: «Para mantener una relación en un habitáculo tan pequeño la clave es el respeto. Yo sabía que Luis lo daba todo y él sabía que yo lo daba todo; no teníamos techo de autoexigencia mutua. Nunca hubo temor a que el otro no pusiera todo de su parte, y eso nos hacía fuertes y evitaba cualquier fricción».
El espejo de la cantera: el consejo a Gil Membrado
Esa autoexigencia sirvió de puente directo hacia la nueva generación. En Pravia, el futuro de la marca vestía el mono de Gil Membrado, la joven promesa española que, copilotado por Adrián Pérez, se pudo ver durante la jornada nocturna de exhibición al volante del Ford Fiesta Rally3, soñando con seguir la senda del bicampeón madrileño.
Carlos, lejos de paternalismos, lanzó un mensaje cargado de realismo competitivo: «Tanto Luis como yo fuimos autodidactas. Nos poníamos retos que parecían una locura, como intentar ganar rallyes en los que un piloto español no entraba en los pronósticos. A los jóvenes les diría que las oportunidades hay que cogerlas con las dos manos cuando llegan, porque nunca sabes si volverán. Hay que arriesgar, confiar en uno mismo y mandar mensajes contundentes».
Y asumió con naturalidad la propia evolución del deporte: «Es ley de vida: los jóvenes llegan, dan una patada en el culo a los mayores y se ponen a ganar. Así debe ser».
La mirada puesta en las dunas
Pese al carácter festivo del fin de semana, la mente de Carlos no desconectó en ningún momento de la competición. Interrogado sobre su próximo asalto al Dakar en el equipo Ford, Sainz dejó claro que cada kilómetro en Asturias sumaba:
«Esto me sirve de preparación para el Dakar. Cada minuto encima de un coche de carreras, aunque sea asfalto, es entrenamiento que me ayuda a llegar más en forma. El próximo Dakar va a ser muy duro y vamos a sufrid cada kilómetro; para mí esa carrera empezó hace meses».
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